Adaptación realizada por la estudiante Mariana Goncalvez. Lengua y Literatura. Escuela Técnica Unión.
Imágenes en tomadas de internet, editadas en Power Point y voz en off.
Adaptación realizada por el estudiante Lautaro Nalerio. Lengua y Literatura. Escuela Técnica Unión.
Elaborada en VideoPad, voz en off sintética en TTS Director.
martes, 10 de marzo de 2020
La pata de mono
William W. Jacobs
I
La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.
—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.
—Mate —contestó el hijo.
—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No sé qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
—El sargento-mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.
—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.
—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.
— ¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.
—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
— ¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.
— ¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.
—Se cumplieron —dijo el sargento.
— ¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.
—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?
—No sé —contestó el otro—. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.
—Si usted no la quiere, Morris, démela.
—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
— ¿Cómo se hace?
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
—Parece de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.
— ¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.
—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —Dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.
—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.
—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rio, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.
II
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rio de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.
—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.
—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rio, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.
—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.
—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
— ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
—Lo siento... —empezó el otro.
— ¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.
—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.
—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
—Doscientas libras —fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
III
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.
—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
— ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
—La quiero. ¿No la has destruido?
—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
—Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
— ¿Pensaste en qué? —preguntó.
—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.
— ¿No fue bastante?
—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
—Dios mío, estás loca.
—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
—Fue una coincidencia.
—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
— ¡Tráemelo! —Gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
— ¡Pídelo! —gritó con violencia.
—Es absurdo y perverso —balbuceó.
—Pídelo —repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
—Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
— ¿Qué es eso? —gritó la mujer.
—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
— ¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
— ¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.
— ¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.
— ¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.
Puedes escuchar la narración haciendo click aquí:
Para complementar la lectura puedes mirar esta adaptación audiovisual:
domingo, 26 de julio de 2015
Delmira Agustini Explosión ¡Si la vida es amor, bendita sea! Quiero más vida para amar! Hoy siento que no valen mil años de la idea lo que un minuto azul de sentimiento.
Mi corazón moría triste y lento... Hoy abre en luz como una flor febea. ¡La vida brota como un mar violento donde la mano del amor golpea!
Hoy partió hacia la noche, triste, fría... rotas las alas, mi melancolía; como una vieja mancha de dolor
en la sombra lejana se deslíe... ¡Mi vida toda canta, besa, ríe! ¡Mi vida toda es una boca en flor!
domingo, 24 de mayo de 2015
Así celebramos el día del libro: 26 de mayo.
Consigna: Tercer año regala, a sus compañeros de ciclo básico, una lectura y un marcador. Primer año crea un libro (físico) e incluye los argumentos de cada uno de los textos leídos, una representación gráfica y una recomendación.
miércoles, 11 de marzo de 2015
EL
OTRO YO.
Mario
Benedetti (Uruguay, 1920-2009)
(Cuento)
Se
trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban
rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía
los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando
Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El
Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las
actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres.
Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse
incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era
melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como
era su deseo.
Una
tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos,
movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la
radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el
Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no
supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente
al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había
suicidado.
Al
principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre
Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente
vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo
llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito
de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se
acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente
estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él,
ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho
alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que
parecía tan fuerte y saludable”.
El
muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo,
sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a
la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda
la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
jueves, 27 de febrero de 2014
Poema
IX
“Versos
sencillos”.
José Martí.
Quiero,
a la sombra de un ala, contar
este cuento en flor: la
niña de Guatemala,
la
que se murió de amor.
Eran
de lirios los ramos; y
las orlas de reseda y
de jazmín; la enterramos en
una caja de seda.
...Ella
dio al desmemoriado una
almohadilla de olor: él
volvió, volvió casado: ella
se murió de amor.
Iban
cargándola en andas obispos
y embajadores; detrás
iba el pueblo en tandas, todo
cargado de flores.
...Ella, por volverlo a ver, salió a verlo al mirador: él
volvió con su mujer: ella se murió de amor.
Como de
bronce candente al beso de despedida era su frente ¡la
frente que más he amado en mi vida!
...Se entró de
tarde en el río, la sacó muerta el doctor: dicen que murió
de frío: yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda
helada, la pusieron en dos bancos: besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer, me
llamó el enterrador: ¡nunca más he vuelto a ver a la que
murió de amor!
Puedes escuchar el poema musicalizado por el grupo uruguayo Olimareños:
miércoles, 26 de febrero de 2014
"EL HOMBRE PÁLIDO"
Francisco Espínola.
Todo el día estuvo
toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles en el cielo,
parecían apretar el aire, haciéndolo pesado, bochornoso,
cansador. A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos,
aquéllas aflojaron y el agua empezó a caer con rabia, con furia
casi; como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera
borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos. Cada
bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba el
anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas
ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja
y de pluma. En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su
mujer y Elvira, su hija. El capataz de tropa de don Clemente
Farías, había marchado para “adentro” hacía una semana. En
la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro
hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre
desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como
trapo por el aguacero. -¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá-
gritó Elvira. -¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de
revolver la olla de mazamorra. -No lo conozco. La joven volvió
al lado de su madre y quedó expectante. -Buenas
tardes. Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre
entró. -Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el
poncho y arrimeló al fogón. -Sí, es mejor. Aquí, no más. El
hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y
sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco. -¿Viene de
lejos? -curioseó la madre. -De Belastiquí. -¿Y va? -Pa
l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy a
San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el
caballo. Así que si me deja pasar la noche... -Comodidá no
tenemos ... puede traer su recao y dormir aquí, en todo caso. -¡Como
no!... Estoy acostumbrao. La muchacha, ahora acurrucada en un
rincón, lo miraba de reojo. Y cuando oyó que iba a quedarse, sintió
clarito en el pecho los golpes del corazón. Es que cada vez más
le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida en la
que se enredaba una negrísima barba que la hacía más blanca, no
tenía aspecto para tranquilizar a nadie... La vieja le
interrumpió sus pensamientos diciendo: -A ver, aprontá un
mate. Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba
conversación al forastero, que acariciaba el perro y retiraba la
mano cuando éste rezongaba desconfiado de tanto mimo. Elvira tiró
la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un poco de agua
tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida, ofreció el mate
al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los bajó, trémula
de susto. No sabía porqué. Muchas veces habían llegado así, de
pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al otro día se
iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos y la lluvia,
con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo miedo a aquel
hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas. Se dio
cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo
lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo
tentador de la muchacha... ¡Oh, sí!, había que cansar muchos
caballos para encontrar otra tan linda. Brillante y negro el pelo,
lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas
largas y flexibles. Tenía unos labios carnosos y chiquitos que
parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que
aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada,
tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también
ver las mangas cortas del vestido. El pecho abultadito, lindo pecho
de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas que se
adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda ella producía
unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas ansias de caer
de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola
fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas... ¡yo
qué sé!, una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el
alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo
tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un
mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el
apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas
pasiones... Embebecido cada vez más en la contemplación, el
hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada.
Entonces, algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al
tenerla para recibir o entregar el mate. Elvira iba entre tanto
poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron silenciosos a comer.
Concluída la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo
la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la
cocina y se sentó a esperar que hicieran la lidia jugando con el
perro, con León que, por una presa tirada al cenar, había perdido
la desconfianza y estaba íntimo con el desconocido. -¡Mesmo
qu`el hombre!- pensó éste. Y siguió mirando el fuego y, de
reojo, a Elvira. Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció
para tornar con unas cobijas. -Su poncho no se ha secao. Hasta
mañana, si Dios quiere. -Se agradece. -¡Buenas noches!- deseó
la muchacha cruzando ligero a su lado con la cabeza
baja. -Buenas. Las dos mujeres abrieron la puerta que
comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al
rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó
la luz...Todo fue envolviéndose en el ruido del agua que caía sin
cesar. El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas
con el perro y sopló el candil. El fogón, mal apagado, quedó
brillando. II Un rato después se empezó a oír la respiración
ruidosa y regular de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había
caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba
más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para
que algún peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en
vano de atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave
María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier
rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama. A eso de la
media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al
patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire
frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su
madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y
la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No
sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel ruido, la
asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su imaginación veía
al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía
el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como
anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la
puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y
percibía más claramente el ruido de la lluvia... En efecto: el
hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había levantado,
lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar, había
salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose
pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en la frente.
Por eso avanzaba con la cabeza gacha. Otro hombre le salió al
encuentro, el poncho y el sombrero hecho sopa. Era un
negro. -¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso. Sombrío
el otro respondió: -Sí -La plata tiene qu`estar en algún
lao. Empecemos. -No. No empezamos. -¿Qué hay? -Hay que yo
no quiero. -¿Qué no querés? - Sí, que no quiero. - ¿Pero
estás loco? -Peor pa mí si m`enloquecí. Pero ya te dije.
Vamonós p`atrás. -¿El qué? -No hay qué que te valga. Como
siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí,
menos. -¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te
ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el
angelito. -Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y
se acabó. -Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos
mujeres! -Es que vos tampoco vas a ir. -¿Desde cuando es mi
tutor el que habla? -Desde que tengo la tutora- bramó el
interpelado tanteándose la daga. -¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo
hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás
la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido. Venite no
más- y desenvainó su cuchillo. -¡Callate, negro de los
diablos!- rugió el otro yéndosele arriba. A la luz de los
relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir.
El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda,
fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia.
Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se
fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La
daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió
en el tórax. -¡Jesús, mama!- exclamó el negro. Fue lo único
que dijo. La muerte le tapó la boca. El otro, en las mismas ropas
del difunto limpió su daga. Después enderezó chorreando agua,
montó y salió como sin prisa, al trotecito. -¡Pucha que había
sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía que no, y el que sí,
y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!... La lluvia, gruesa,
helada, seguía cayendo.
“La
intrusa”.
Pedro
Orgambide
Ella
tuvo la culpa, señor juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó,
nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien
alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme.
Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de
cubrir la máquina de calcular, por ejemplo; o de planchar con mis
propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir más lejos,
recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto ésa, me pareció
sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la
oficina. Además. ¡qué exageración!, recibirla con un discurso,
como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada
pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno, deslumbrado, se
atrevía a rozarla con la mano ¿Cree usted que yo me inmuté por
eso, señor juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de
un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La
intrusa, poco a poco me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito.
Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me
caía el pelo y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo
de ayer. “González - me dijo el gerente - lamento decirle que la
empresa ha decidido prescindir de sus servicios.” Veinte años,
señor juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con
la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté.
Sí, confieso que la insulté, señor juez, y que le pegué, con
todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y
estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de
un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una
miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.
Puedes mirar la siguiente adaptación audiovisual:
“Esa
boca”
Mario
Benedetti.
Su
entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás.
Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se
ve el mundo de los mayores como una
muchedumbre a través de un
vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo,
insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces
e imitaban
minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y
las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los
compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes
aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que
Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que
no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y
podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los
trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en
el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba
siendo más dificil soportar su curiosidad.
Entonces preparó
la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: « ¿No habría
forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo? » A los siete años,
toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado
primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los
trapecistas. » En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente
a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. « ¿Y si
me fuera cuando empieza ese número? » « Bueno », contestó el
padre, « así, sí».
La madre compró dos entradas y lo
llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que
hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los
payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en
bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y
apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos,
pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y
salieron -ahora sí- los payasos.
Su interés llegó a la
máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los
grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor.
Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó
sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y
algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún
de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en
la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico
de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el
segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se
acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a
él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la
risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio
aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus
labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso
más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales,
y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
Y como después
venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenidó la madre lo tomó
de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo,
como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho
vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once
de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona
de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una
mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no
dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de
verlos?»
Ya era demasiado. A él no le interesaban los
trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que
lloraba porque los payasos no le hacían reír.
domingo, 9 de junio de 2013
"Continuidad
de los parques" (Texto).
Julio
Cortázar.
Había
empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios
urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se
dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los
personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado
y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al
libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de
los robles.
Arrellanado
en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera
molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su
mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se
puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo
los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión
novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso
de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a
la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del
alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano,
que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo
los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva
de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban
y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en
la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora
llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama.
Admirablemente
restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las
caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión
secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad
agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un
arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde
siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como
queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura
de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido
olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora
cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble
repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara
una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin
mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se
separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda
que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante
para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose
en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían
ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no
estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la
sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer:
primero una sala azul, después una galería, una escalera
alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación,
nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la
mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de
terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una
novela.
Herramientas
que se emplean para hacer el lenguaje más original, atractivo y
estético. El autor utiliza conscientemente tales herramientas para
provocar cierto efecto en los lectores (emociones, sensaciones y/o
despertar ciertas ideas).
Gradación:aumento
gradual de un elemento del texto. Por ej. A lo largo del primer
momento de “A la deriva” se hace referencia al aumento gradual de
los efectos físicos que provoca el veneno, primero son
“dos gotitas de sangre…”, luego “dos puntitos violetas…”,
“…tirante abultamiento…”, “…fulgurantes
puntadas que como relámpagos…”, etc.
Comparación:Es
un recurso que establece una relación de semejanza entre dos
términos vinculados por el nexo “como”. El término que aparece
en primer lugar es el comparado (para identificarlo podrías
preguntarte ¿De qué se está hablando?), el segundo término es el
elemento comparante (para identificarlo podrías preguntarte ¿Con
qué elemento se lo comparada?, corresponde al elemento externo).
Por
ej. "la carne desbordaba como una monstruosa morcilla", el
primer término es el comparado ("la carne"), el segundo
término es el comparante ("morcilla"), unidos por un nexo
("como").
Paralelismo
psicocósmico:Recuso
literario que establece un vínculo (similitud) entre el estado
anímico del personaje y los elementos de la naturaleza.
Por
ejemplo: en “A la deriva” (“…dirigió una mirada al sol que
ya trasponía el monte…) se establece una identificación entre el
día y la vida, a medida que se acaba el día también se acaba la
vida de Paulino.
Antítesis:recurso
que consiste en contraponer una frase o palabra a otra contraria. Por
ej: "...metálica sequedad de garganta" / "...sed
quemante...", los términos metálica y quemante se oponen, es
decir, se unen dos conceptos que se excluyen por sí solos.
Aliteración:recurso
que consiste en la repetición notoria de dos o más sonidos iguales
o parecidos a lo largo de un verso, estrofa o frase. Por ej. "ronco
arrastre de garganta reseca".
Personificación:Atribuir
a los objetos o animales características propias de las personas. Metáfora: Figura de sustitución, un término visible o metaforizante sustituye a un término oculto o metaforizado. El término visible es el que aparece en el texto.